Dicen que la política es la actividad que consiste en buscar, obtener y ostentar poder; que todo se define en eso. A más poder tengas mejor (o más ducho) político eres. Esto se ha podido ver, en realidad, en toda la historia de la humanidad: grandes imperios que buscaban expandirse en la antigüedad, reyes tiranos y abusivos que explotaban a sus súbditos para hacerlos trabajar para ellos, dos o más países buscando imponer su hegemonía en el mundo, etc.
El Perú no es la excepción a esta regla general y cada vez más, y en cada generación, aparecen dignos representantes de este pensamiento. Aquí podríamos encontrar una de las razones por la que la política está tan desprestigiada en el país y existe poca confianza de parte de la población hacia los políticos. En la derecha, en la izquierda, al centro; arriba, abajo; al norte, al sur; al este, al oeste se manifiesta esa lucha encarnizada por el poder y por la hegemonía. Vemos como en la derecha se sacan los ojos por ese bien preciado. Un ejemplo es que han ido a las tres últimas elecciones divididos, cada uno por su lado. Salvo cuando se trata de defender un interés en común (que aquí es el ‘modelo económico’) hay una rivalidad muy fuerte por ganar “el espacio”.
Lo de la izquierda es bastante peculiar. Ni siquiera por un interés común logran unificar criterios y ponerse de acuerdo. Más bien, el tiempo se les pasa tratando de adjudicarse la iniciativa o el derecho de la protesta, la marcha, el programa, las reformas, la revolución, el pedo de Juan, los palotes de Perico, etc, etc, etc. Es un caso digno de estudio como la izquierda – ayer, hoy y tal vez siempre – se pone trabas solita y no puede encontrar su norte. Ejemplos hay de sobra, y hasta para regalar.
Uno de los principales problemas de la izquierda es que es coyunturalista. Se junta para realizar acciones cuando estalla un tema sensible, un conflicto social, un caso de corrupción o específicamente para las campañas electorales. Y todo siempre queda ahí, como por acción de la gravedad. Después que el tema baja en intensidad, se dispersa, las organizaciones y partidos vuelven a su dinámica y asuntos internos y terminamos en lo mismo. Un ejemplo claro es el conflicto en Cajamarca por el proyecto minero Conga. Apenas el conflicto se hacía notar cada vez más, diversas organizaciones de izquierda acordaron reunirse y planificar acciones como manifestación de protesta. La situación era bastante alentadora porque era una cordinación e iniciativa de los jóvenes. La primera gran acción que se llevó a cabo fue una caminata por toda la avenida Arequipa – acompañada de unos piquetes desarrollados en distintos puntos de la ciudad - con una sola consigna (defender el medio ambiente y el agua), con las últimas y modernas expresiones culturales y artísticas que han sabido ganarse un espacio dentro del campo de las luchas sociales y la frescura y creatividad de la juventud. Dicha caminata, siendo sinceros, no cumplió con las expectativas ni salió como se esperaba. Más bien, no terminó muy bien. Recuerdo claramente un incidente al llegar al momento de formarse alrededor de los oradores que hacían uso de la palabra. Un enfrentamiento – que felizmente no llegó a más que a intercambios verbales, aunque daba la impresión que podría ser más grave – entre militantes de Patria Roja y el MNI por un espacio en la formación. (El partido y su frente enfrentándose por cosas menores. Para no creerlo). Este “espacio” de cordinación – adivinen – ha quedado en nada por las mismas discrepancias de siempre que parecen ser más importantes que las coincidencias. Otro ejemplo de este coyunturalismo fue la llamada ‘confluencia juvenil’, un intento de reflotar la confluencia electoral que llevó al triunfo en las elecciones de octubre del 2010 a Susana Villarán, conformada por organizaciones como la Juventud Comunista del Perú – Patria Roja, Fuerza Social y el Movimiento por el Poder Popular (MPP); que se formó en su momento para “respaldar” los cambios del gobierno de Ollanta Humala (un gobierno que todavía no había iniciado) y también los procesos de reforma que viene realizando la gestión municipal en Lima de la alcaldesa Villarán. Sobre esto, quisiera mencionar que yo no estuve de acuerdo, desde el principio, con que se hagan actividades a favor de las “cambios” de un gobierno que ni siquiera había tomado el mando. Mi posición era la de mantenernos neutrales y expectantes. Nada nos aseguraba que Humala iba a llevar a cabo esos cambios. Una vez más (modestia aparte) el tiempo me terminó dando la razón. Nos dejamos llevar por el entusiasmo, por el júbilo, por el espontaneísmo, otro de los grandes problemas de la izquierda. Y hay que reconocer que aquella vez y después en octubre del año pasado, en la marcha convocada por la CGTP, se hizo un papelón arengando a favor de un gobierno que ahora vemos no es lo que muchos esperaban. Pero recuerdo como si fuera ayer que por esos días un compañero de una organización me dijo que “lo más importante aquí era ganar un espacio y hacer sentir nuestra presencia. Va a ir la CGTP, FS, el MPP, hasta el PC y nosotros no podemos quedarnos atrás. Mientras la CGTP arengará a favor del gobierno, nosotros vamos a ir con nuestras propias arengas ROMPIENDO LA MANIFESTACIÓN para posicionarnos y decir ‘aquí estamos’”. Me quedé perplejo al escuchar esto. ¿Es posible forjar unidad si vamos a ir a una manifestación ajena, no convocada por nosotros, con la única intención de romperla? Todas las movilizaciones, estemos de acuerdo o no con ellas, se respetan y si vamos a participar que sea porque estemos de acuerdo con el objetivo de la marcha y con UNA SOLA consigna… Pero retomando el tema de la ‘confluencia juvenil’ esta, como para no variar mucho, también quedó en nada, teniendo como historial inédito sólo dos reuniones para cordinar la movilización y más nada. Gran error. Si tuviéramos la voluntad de juntarnos y aliarnos de verdad más allá de la coyuntura y formar una acumulación de ideas coincidentes y que tengan un objetivo fijo (lo que le llaman frente o alianza) otra sería la historia.
Otro de los problemas de la izquierda es, ya está dicho, el exceso de entusiasmo, el espontaneísmo. Y ejemplos de esto también hay de sobra. Basta mencionar uno muy reciente. En el contexto del proyecto Conga, se formó el “espacio” que mencionaba párrafos anteriores movidos por la indignación, la impotencia y, encima, la declaración del estado de emergencia en Cajamarca que fue la ‘gota que rebalsó el vaso’. Este espacio logró hacer – como repito – la caminata de diciembre del año pasado por la avenida Arequipa (un mérito que no se puede dejar de reconocer a pesar de los resultados ya mencionados). Este encuentro estuvo conformado al principio por más de ¡50 ORGANIZACIONES… y todas de izquierda! de las cuales fueron retirándose algunas, como Tierra y Libertad. Después de la movilización, vinieron las reuniones de evaluación y el acuerdo de darle continuidad a las reuniones, ante la urgencia principal que se iba a convocar un segundo paro regional para el 2 de enero, después de las fiestas de fin de año. Llegó el nuevo año y nuevas reuniones, ya con menos organizaciones de las que estaban al principio e, incluso, con nuevos protagonistas, que no eran los mismos, en muchos casos, de los que participaron de las reuniones de diciembre. Discrepancias, cruces de palabras, orientadas por el afán de “querer hacer algo” cuando en las reuniones no éramos ni 20 personas. Se preparaba una llegada masiva de los campesinos y pobladores de Cajamarca a Lima y una nueva discusión surgió por la fecha de inicio de esta actividad. Las cordinaciones que se llevaban a cabo para participar de una forma ordenada y como un solo bloque en la Marcha del Agua fueron absorbidas por el otro espacio que organizaba directamente la marcha. Al final, todo esto terminó en una payasada, un bodrio, un híbrido que se denominó “Frente Ambiental por Lima” o algo así donde no se llegó a un consenso claro, las opiniones discrepantes fueron ignoradas, se aprobó “al caballazo” y – lo más gracioso – es que su principal motivo de acción es (otra vez) el conflicto por Conga, no habiendo sido capaz de salir de esa maraña para ir mucho más allá, de lograr un verdadero entendimiento donde todas las voces sean escuchadas y un programa POLÍTICO único y consensuado que sirva de base como propuesta de cambio y reconocimiento de la izquierda; además de responder a los intereses de Wilfredo Saavedra y su “Asamblea de los Pueblos” que, por cierto, no tiene la más mínima representatividad.
Pero el principal problema, creo yo, de la izquierda peruana es el muchas veces identificado y siempre pasado por alto afán de hegemonismo, de figurettismo, de “querer ser la vanguardia y el líder del movimiento social”. En buen cristiano, los apetitos e intereses personales de un individuo o de una organización por encima de los del colectivo. Y por esto fracasaron muchos intentos de unidad, muchas conversaciones, reuniones, negociaciones, diálogos que tenían como objetivo forjar un proceso unitario que se consolide para el bien del pueblo. Por esto se destruyó IU, aparte de los líos existenciales ideológicos. Por esto se rompieron todos los acuerdos y/o alianzas que se habían formado en los últimos años, como la archiconocida ‘confluencia’ y Gana Perú, entre otras. Actitudes como querer monopolizar y patentar como propias las iniciativas de las actividades y la soberbia de creerse la “fuerza principal” porque tenían el nombre, o el apuro en tener cargos políticos sin analizar más allá con quien se metían y si les iba a dar una patada en las ‘cuatro letras’ y esperanzarse en otro líder que nunca tuvo una ideología clara y, encima, no era de izquierda como siempre lo negaba, son unos de los factores que desencadenaron la ruptura de estos experimentos (porque eso fueron) de unidad. Actitudes como romper deliberadamente una manifestación, volantear su propia propaganda y gritar sus propias consignas en una marcha no contribuyen en nada a la unidad, por el contrario, es una actitud sectaria. Tampoco querer aprovecharse de la coyuntura para obtener rédito y protagonismo político, como ha pasado desde que surgió el conflicto por Conga, que ha servido, más bien, para posicionar a nuevos líderes en el espectro político nacional. En ese entorno se organizó la denominada “Marcha por el Agua” donde partidos como Tierra y Libertad vieron una oportunidad para posicionarse en un contexto donde estaba por definirse su inscripción ante el JNE. No por algo pusieron a su líder como cabeza de la Comisión Organizadora y principal vocero y a una de sus militantes como coordinadora en Lima. Y no por algo también, Patria Roja, el partido de Gregorio Santos, presidente regional de Cajamarca, ha hecho todo lo posible para hacerlo pasar como principal protagonista del asunto y minimizar las otras manifestaciones, de cualquier tipo, contra el proyecto. El bendito hegemonismo de siempre. El bendito afán de resaltar sobre el resto de toda la vida.
Lo más grave de todo esto, es que muchos jóvenes –sí, los llamados “futuro de la izquierda” y su “reserva moral” – son los que caen en esto y asumen estas taras, y muchas veces sólo por quedar bien, ‘pasarle la franela’, al secretario general o el dirigente más viejo, convirtiéndose más en ‘sobones’ y ‘sobonas’ que en cuadros valiosos. En todo este tiempo de experiencia como militante he comprobado y visto por mí mismo este deplorable vicio. Realmente lamentable.
A pesar de eso, la unidad debe ser un patrimonio y bandera exclusiva de los jóvenes, de una verdadera, real y moral nueva generación de la izquierda. ¿Acaso vamos a esperar que la unidad surja por iniciativa de los viejos? Yo, por lo menos, ya no creo que la unidad debe partir de los Moreno, de los Breña, de los Huamán, de los Diez Canseco, de los García Naranjo, de los Arana, de los Villarán, de los Guerra García, ni siquiera de los respetables señores Sinesio López, Carlos Tapia o Héctor Béjar porque estos HAN FRACASADO. La concepción de unidad debe renovarse, no se impone, no se fuerza, no se obliga, no se la ve como “lucha”, pero algunos jóvenes todavía tienen esa visión más del siglo pasado. Por eso, yo sí creo que es urgente emprender una “lucha generacional”, en el mejor sentido de la palabra, y hasta no permitir que los dirigentes antiguos y, en muchos casos, eternos se pongan por delante de la vanguardia unitaria, porque ya experiencias decepcionantes hemos tenido de sobra y una más el pueblo no nos la perdonaría.
Por estos días, he tenido conocimiento que se están llevando a cabo (una vez más) conversaciones entre las dirigencias de algunos partidos para lograr consolidar (¿) un proceso de unidad de cara a las elecciones del 2014 y 2016. Si lo enfocamos así, como se ha hecho en los últimos procesos, estamos empezando mal. LAS ELECCIONES NO DEBEN SER LA MIRA PRINCIPAL. Hay un pueblo allá afuera falto de representación y que pide a gritos una opción política con la cual se puedan sentir identificados. Por esa falta de representatividad cualquier iluminado que les ofrece ‘el oro y el moro’ (saludos Humala y Fujimori) tiene acogida entre un gran sector de la población. Por eso debemos ver la unidad como una alternativa política que surge de la necesidad de esa falta de representatividad y hacerla lo más participativa posible. LA UNIDAD DEBE SER UNA EXPRESIÓN DEL PUEBLO. No debe malinterpretarse como el inicio de una campaña electoral y de elección de candidatos. También sería bueno saber cuál va a ser el fin supremo de esa unidad, las condiciones bajo las que se está llevando a cabo y en qué se basará para hacerla duradera y sustentable. Si no queremos patinar como se ha hecho, esa unidad debe estar apoyada en un programa claro, específico, conciso, que exprese todas las ideas y propuestas valiosas de todos (porque todas lo son) y, principalmente, las necesidades del pueblo. Y, como se ha mencionado en el párrafo anterior, la exigencia que esta debe estar dirigida por los jóvenes.
Se ha dicho muchas veces, y hasta la saciedad, que la base para forjar un proceso unitario es un programa con puntos y temas coincidentes y de urgencia para el pueblo peruano, amplio, consensuado, integrador, articulador, renovador; que sirva en primer lugar, y principalmente, para encontrarnos y reconocernos a nosotros mismos como una fuerza importante, capaz de participar en la vida política de nuestro país, de poder PROPONER cambios desde una perspectiva distinta a la impuesta por el sistema capitalista y por la derecha y que tenga como eje matriz el bien común y el ser humano como centro. Pero un programa unitario no es solamente agarrar un papel y redactar diez puntos. Un programa NO ES UN DOCUMENTO. Hay que entender que ese programa debe ir más allá de los formalismos, y se trata de RECONOCERNOS y ACEPTARNOS con nuestras diferencias. Un programa es – otra vez insisto con la palabrita – una ACTITUD, un COMPROMISO, compromiso de cambio hacia fuera y principalmente hacia adentro. El programa tiene que servirnos a nosotros primero para asumirlo, para comprometernos en su cumplimiento, para hacernos un juramento de conciencia que ese va a ser nuestro paradigma no sólo político, sino de COMPORTAMIENTO, de interrelación con el pueblo y también con nuestros compañeros, de desterrar actitudes soberbias y – como también se ha dicho – ceder en nuestras posiciones todas las veces que sean necesarias. Por eso, TODOS SOMOS IMPORTANTES, izquierdistas, centroizquierdistas, indignados, feministas, organizaciones sociales y de base, de indígenas, de campesinos, de trabajadores, de estudiantes, ambientalistas, ecologistas, socialistas, comunistas, nacionalistas (los buenos), demócratas, socialdemócratas, intelectuales, profesionales, caviares, etc. Como dice la sabiduría popular “si no nos conocemos, si no creemos en nosotros mismos, ¿cómo vamos a esperar que la gente de afuera crea en nosotros?”. Una reflexión no vendría mal, ¿no?
PD: En resumen, LA IZQUIERDA PERUANA TODAVÍA ESTA VERDE, NO ESTÁ LO SUFICIENTEMENTE MADURA como para convertirse en una alternativa política válida para nuestro pueblo, por lo menos en el corto plazo (aunque diría que ni en el largo plazo). Si sus actores, dirigentes, militantes, simpatizantes, bases, etc, (PRINCIPALMENTE LOS JÓVENES) continúan con estas actitudes estamos condenando a nuestro pueblo y a nuestro país a vivir PARA SIEMPRE (y no exagero) en las perversas, despiadadas y maliciosas garras de la más cruel clase política y su sistema que cada vez genera más pobreza en el mundo; estamos condenando a la izquierda a ser el paria, la última rueda del coche; a los izquierdistas a ser los eternos ignorados de la sociedad, los que siempre se flagelan y se deprimen como emos quejándose que el mundo es injusto y desigual sin poder hacer nada más allá de nuestro llanto; y asesinando las ilusiones, los sueños de mucha gente y militantes, personas del pueblo común y corrientes – como el que escribe - que en algún momento creyeron en esta alternativa. Qué irónico, ¿no? Uno entra a un partido u organización para realizar y llevar a la práctica sus ideales de cambio y es el partido el que termina matándolos… Como a algunos dentro de la izquierda les gusta hablar de utopías, parece que han convertido a la unidad en eso: una utopía.
