jueves, 26 de abril de 2012

Adiós, unidad

Dicen que la política es la actividad que consiste en buscar, obtener y ostentar poder; que todo se define en eso. A más poder tengas mejor (o más ducho) político eres. Esto se ha podido ver, en realidad, en toda la historia de la humanidad: grandes imperios que buscaban expandirse en la antigüedad, reyes tiranos y abusivos que explotaban a sus súbditos para hacerlos trabajar para ellos, dos o más países buscando imponer su hegemonía en el mundo, etc.

El Perú no es la excepción a esta regla general y cada vez más, y en cada generación, aparecen dignos representantes de este pensamiento. Aquí podríamos encontrar una de las razones por la que la política está tan desprestigiada en el país y existe poca confianza de parte de la población hacia los políticos. En la derecha, en la izquierda, al centro; arriba, abajo; al norte, al sur; al este, al oeste se manifiesta esa lucha encarnizada por el poder y por la hegemonía. Vemos como en la derecha se sacan los ojos por ese bien preciado. Un ejemplo es que han ido a las tres últimas elecciones divididos, cada uno por su lado. Salvo cuando se trata de defender un interés en común (que aquí es el ‘modelo económico’) hay una rivalidad muy fuerte por ganar “el espacio”.

Lo de la izquierda es bastante peculiar. Ni siquiera por un interés común logran unificar criterios y ponerse de acuerdo. Más bien, el tiempo se les pasa tratando de adjudicarse la iniciativa o el derecho de la protesta, la marcha, el programa, las reformas, la revolución, el pedo de Juan, los palotes de Perico, etc, etc, etc. Es un caso digno de estudio como la izquierda – ayer, hoy y tal vez siempre – se pone trabas solita y no puede encontrar su norte. Ejemplos hay de sobra, y hasta para regalar.

Uno de los principales problemas de la izquierda es que es coyunturalista. Se junta para realizar acciones cuando estalla un tema sensible, un conflicto social, un caso de corrupción o específicamente para las campañas electorales. Y todo siempre queda ahí, como por acción de la gravedad. Después que el tema baja en intensidad, se dispersa, las organizaciones y partidos vuelven a su dinámica y asuntos internos y terminamos en lo mismo. Un ejemplo claro es el conflicto en Cajamarca por el proyecto minero Conga. Apenas el conflicto se hacía notar cada vez más, diversas organizaciones de izquierda acordaron reunirse y planificar acciones como manifestación de protesta. La situación era bastante alentadora porque era una cordinación e iniciativa de los jóvenes. La primera gran acción que se llevó a cabo fue una caminata por toda la avenida Arequipa – acompañada de unos piquetes desarrollados en distintos puntos de la ciudad - con una sola consigna (defender el medio ambiente y el agua), con las últimas y modernas expresiones culturales y artísticas que han sabido ganarse un espacio dentro del campo de las luchas sociales y la frescura y creatividad de la juventud. Dicha caminata, siendo sinceros, no cumplió con las expectativas ni salió como se esperaba. Más bien, no terminó muy bien. Recuerdo claramente un incidente al llegar al momento de formarse alrededor de los oradores que hacían uso de la palabra. Un enfrentamiento – que felizmente no llegó a más que a intercambios verbales, aunque daba la impresión que podría ser más grave – entre militantes de Patria Roja y el MNI por un espacio en la formación. (El partido y su frente enfrentándose por cosas menores. Para no creerlo). Este “espacio” de cordinación – adivinen – ha quedado en nada por las mismas discrepancias de siempre que parecen ser más importantes que las coincidencias. Otro ejemplo de este coyunturalismo fue la llamada ‘confluencia juvenil’, un intento de reflotar la confluencia electoral que llevó al triunfo en las elecciones de octubre del 2010 a Susana Villarán, conformada por organizaciones como la Juventud Comunista del Perú – Patria Roja, Fuerza Social y el Movimiento por el Poder Popular (MPP); que se formó en su momento para “respaldar” los cambios del gobierno de Ollanta Humala (un gobierno que todavía no había iniciado) y también los procesos de reforma que viene realizando la gestión municipal en Lima de la alcaldesa Villarán. Sobre esto, quisiera mencionar que yo no estuve de acuerdo, desde el principio, con que se hagan actividades a favor de las “cambios” de un gobierno que ni siquiera había tomado el mando. Mi posición era la de mantenernos neutrales y expectantes. Nada nos aseguraba que Humala iba a llevar a cabo esos cambios. Una vez más (modestia aparte) el tiempo me terminó dando la razón. Nos dejamos llevar por el entusiasmo, por el júbilo, por el espontaneísmo, otro de los grandes problemas de la izquierda. Y hay que reconocer que aquella vez y después en octubre del año pasado, en la marcha convocada por la CGTP, se hizo un papelón arengando a favor de un gobierno que ahora vemos no es lo que muchos esperaban. Pero recuerdo como si fuera ayer que por esos días un compañero de una organización me dijo que “lo más importante aquí era ganar un espacio y hacer sentir nuestra presencia. Va a ir la CGTP, FS, el MPP, hasta el PC y nosotros no podemos quedarnos atrás. Mientras la CGTP arengará a favor del gobierno, nosotros vamos a ir con nuestras propias arengas ROMPIENDO LA MANIFESTACIÓN para posicionarnos y decir ‘aquí estamos’”. Me quedé perplejo al escuchar esto. ¿Es posible forjar unidad si vamos a ir a una manifestación ajena, no convocada por nosotros, con la única intención de romperla? Todas las movilizaciones, estemos de acuerdo o no con ellas, se respetan y si vamos a participar que sea porque estemos de acuerdo con el objetivo de la marcha y con UNA SOLA consigna… Pero retomando el tema de la ‘confluencia juvenil’ esta, como para no variar mucho, también quedó en nada, teniendo como historial inédito sólo dos reuniones para cordinar la movilización y más nada. Gran error. Si tuviéramos la voluntad de juntarnos y aliarnos de verdad más allá de la coyuntura y formar una acumulación de ideas coincidentes y que tengan un objetivo fijo (lo que le llaman frente o alianza) otra sería la historia.

Otro de los problemas de la izquierda es, ya está dicho, el exceso de entusiasmo, el espontaneísmo. Y ejemplos de esto también hay de sobra. Basta mencionar uno muy reciente. En el contexto del proyecto Conga, se formó el “espacio” que mencionaba párrafos anteriores movidos por la indignación, la impotencia y, encima, la declaración del estado de emergencia en Cajamarca que fue la ‘gota que rebalsó el vaso’. Este espacio logró hacer – como repito – la caminata de diciembre del año pasado por la avenida Arequipa (un mérito que no se puede dejar de reconocer a pesar de los resultados ya mencionados). Este encuentro estuvo conformado al principio por más de ¡50 ORGANIZACIONES… y todas de izquierda! de las cuales fueron retirándose algunas, como Tierra y Libertad. Después de la movilización, vinieron las reuniones de evaluación y el acuerdo de darle continuidad a las reuniones, ante la urgencia principal que se iba a convocar un segundo paro regional para el 2 de enero, después de las fiestas de fin de año. Llegó el nuevo año y nuevas reuniones, ya con menos organizaciones de las que estaban al principio e, incluso, con nuevos protagonistas, que no eran los mismos, en muchos casos, de los que participaron de las reuniones de diciembre. Discrepancias, cruces de palabras, orientadas por el afán de “querer hacer algo” cuando en las reuniones no éramos ni 20 personas. Se preparaba una llegada masiva de los campesinos y pobladores de Cajamarca a Lima y una nueva discusión surgió por la fecha de inicio de esta actividad. Las cordinaciones que se llevaban a cabo para participar de una forma ordenada y como un solo bloque en la Marcha del Agua fueron absorbidas por el otro espacio que organizaba directamente la marcha. Al final, todo esto terminó en una payasada, un bodrio, un híbrido que se denominó “Frente Ambiental por Lima” o algo así donde no se llegó a un consenso claro, las opiniones discrepantes fueron ignoradas, se aprobó “al caballazo” y – lo más gracioso – es que su principal motivo de acción es (otra vez) el conflicto por Conga, no habiendo sido capaz de salir de esa maraña para ir mucho más allá, de lograr un verdadero entendimiento donde todas las voces sean escuchadas y un programa POLÍTICO único y consensuado que sirva de base como propuesta de cambio y reconocimiento de la izquierda; además de responder a los intereses de Wilfredo Saavedra y su “Asamblea de los Pueblos” que, por cierto, no tiene la más mínima representatividad.

Pero el principal problema, creo yo, de la izquierda peruana es el muchas veces identificado y siempre pasado por alto afán de hegemonismo, de figurettismo, de “querer ser la vanguardia y el líder del movimiento social”. En buen cristiano, los apetitos e intereses personales de un individuo o de una organización por encima de los del colectivo. Y por esto fracasaron muchos intentos de unidad, muchas conversaciones, reuniones, negociaciones, diálogos que tenían como objetivo forjar un proceso unitario que se consolide para el bien del pueblo. Por esto se destruyó IU, aparte de los líos existenciales ideológicos. Por esto se rompieron todos los acuerdos y/o alianzas que se habían formado en los últimos años, como la archiconocida ‘confluencia’ y Gana Perú, entre otras. Actitudes como querer monopolizar y patentar como propias las iniciativas de las actividades y la soberbia de creerse la “fuerza principal” porque tenían el nombre, o el apuro en tener cargos políticos sin analizar más allá con quien se metían y si les iba a dar una patada en las ‘cuatro letras’ y esperanzarse en otro líder que nunca tuvo una ideología clara y, encima, no era de izquierda como siempre lo negaba, son unos de los factores que desencadenaron la ruptura de estos experimentos (porque eso fueron) de unidad. Actitudes como romper deliberadamente una manifestación, volantear su propia propaganda y gritar sus propias consignas en una marcha no contribuyen en nada a la unidad, por el contrario, es una actitud sectaria. Tampoco querer aprovecharse de la coyuntura para obtener rédito y protagonismo político, como ha pasado desde que surgió el conflicto por Conga, que ha servido, más bien, para posicionar a nuevos líderes en el espectro político nacional. En ese entorno se organizó la denominada “Marcha por el Agua” donde partidos como Tierra y Libertad vieron una oportunidad para posicionarse en un contexto donde estaba por definirse su inscripción ante el JNE. No por algo pusieron a su líder como cabeza de la Comisión Organizadora y principal vocero y a una de sus militantes como coordinadora en Lima. Y no por algo también, Patria Roja, el partido de Gregorio Santos, presidente regional de Cajamarca, ha hecho todo lo posible para hacerlo pasar como principal protagonista del asunto y minimizar las otras manifestaciones, de cualquier tipo, contra el proyecto. El bendito hegemonismo de siempre. El bendito afán de resaltar sobre el resto de toda la vida.

Lo más grave de todo esto, es que muchos jóvenes –sí, los llamados “futuro de la izquierda” y su “reserva moral” – son los que caen en esto y asumen estas taras, y muchas veces sólo por quedar bien, ‘pasarle la franela’, al secretario general o el dirigente más viejo, convirtiéndose más en ‘sobones’ y ‘sobonas’ que en cuadros valiosos. En todo este tiempo de experiencia como militante he comprobado y visto por mí mismo este deplorable vicio. Realmente lamentable.

A pesar de eso, la unidad debe ser un patrimonio y bandera exclusiva de los jóvenes, de una verdadera, real y moral nueva generación de la izquierda. ¿Acaso vamos a esperar que la unidad surja por iniciativa de los viejos? Yo, por lo menos, ya no creo que la unidad debe partir de los Moreno, de los Breña, de los Huamán, de los Diez Canseco, de los García Naranjo, de los Arana, de los Villarán, de los Guerra García, ni siquiera de los respetables señores Sinesio López, Carlos Tapia o Héctor Béjar porque estos HAN FRACASADO. La concepción de unidad debe renovarse, no se impone, no se fuerza, no se obliga, no se la ve como “lucha”, pero algunos jóvenes todavía tienen esa visión más del siglo pasado. Por eso, yo sí creo que es urgente emprender una “lucha generacional”, en el mejor sentido de la palabra, y hasta no permitir que los dirigentes antiguos y, en muchos casos, eternos se pongan por delante de la vanguardia unitaria, porque ya experiencias decepcionantes hemos tenido de sobra y una más el pueblo no nos la perdonaría.

Por estos días, he tenido conocimiento que se están llevando a cabo (una vez más) conversaciones entre las dirigencias de algunos partidos para lograr consolidar (¿) un proceso de unidad de cara a las elecciones del 2014 y 2016. Si lo enfocamos así, como se ha hecho en los últimos procesos, estamos empezando mal. LAS ELECCIONES NO DEBEN SER LA MIRA PRINCIPAL. Hay un pueblo allá afuera falto de representación y que pide a gritos una opción política con la cual se puedan sentir identificados. Por esa falta de representatividad cualquier iluminado que les ofrece ‘el oro y el moro’ (saludos Humala y Fujimori) tiene acogida entre un gran sector de la población. Por eso debemos ver la unidad como una alternativa política que surge de la necesidad de esa falta de representatividad y hacerla lo más participativa posible. LA UNIDAD DEBE SER UNA EXPRESIÓN DEL PUEBLO. No debe malinterpretarse como el inicio de una campaña electoral y de elección de candidatos. También sería bueno saber cuál va a ser el fin supremo de esa unidad, las condiciones bajo las que se está llevando a cabo y en qué se basará para hacerla duradera y sustentable. Si no queremos patinar como se ha hecho, esa unidad debe estar apoyada en un programa claro, específico, conciso, que exprese todas las ideas y propuestas valiosas de todos (porque todas lo son) y, principalmente, las necesidades del pueblo. Y, como se ha mencionado en el párrafo anterior, la exigencia que esta debe estar dirigida por los jóvenes.

Se ha dicho muchas veces, y hasta la saciedad, que la base para forjar un proceso unitario es un programa con puntos y temas coincidentes y de urgencia para el pueblo peruano, amplio, consensuado, integrador, articulador, renovador; que sirva en primer lugar, y principalmente, para encontrarnos y reconocernos a nosotros mismos como una fuerza importante, capaz de participar en la vida política de nuestro país, de poder PROPONER cambios desde una perspectiva distinta a la impuesta por el sistema capitalista y por la derecha y que tenga como eje matriz el bien común y el ser humano como centro. Pero un programa unitario no es solamente agarrar un papel y redactar diez puntos. Un programa NO ES UN DOCUMENTO. Hay que entender que ese programa debe ir más allá de los formalismos, y se trata de RECONOCERNOS y ACEPTARNOS con nuestras diferencias. Un programa es – otra vez insisto con la palabrita – una ACTITUD, un COMPROMISO, compromiso de cambio hacia fuera y principalmente hacia adentro. El programa tiene que servirnos a nosotros primero para asumirlo, para comprometernos en su cumplimiento, para hacernos un juramento de conciencia que ese va a ser nuestro paradigma no sólo político, sino de COMPORTAMIENTO, de interrelación con el pueblo y también con nuestros compañeros, de desterrar actitudes soberbias y – como también se ha dicho – ceder en nuestras posiciones todas las veces que sean necesarias. Por eso, TODOS SOMOS IMPORTANTES, izquierdistas, centroizquierdistas, indignados, feministas, organizaciones sociales y de base, de indígenas, de campesinos, de trabajadores, de estudiantes, ambientalistas, ecologistas, socialistas, comunistas, nacionalistas (los buenos), demócratas, socialdemócratas, intelectuales, profesionales, caviares, etc. Como dice la sabiduría popular “si no nos conocemos, si no creemos en nosotros mismos, ¿cómo vamos a esperar que la gente de afuera crea en nosotros?”. Una reflexión no vendría mal, ¿no?

PD: En resumen, LA IZQUIERDA PERUANA TODAVÍA ESTA VERDE, NO ESTÁ LO SUFICIENTEMENTE MADURA como para convertirse en una alternativa política válida para nuestro pueblo, por lo menos en el corto plazo (aunque diría que ni en el largo plazo). Si sus actores, dirigentes, militantes, simpatizantes, bases, etc, (PRINCIPALMENTE LOS JÓVENES) continúan con estas actitudes estamos condenando a nuestro pueblo y a nuestro país a vivir PARA SIEMPRE (y no exagero) en las perversas, despiadadas y maliciosas garras de la más cruel clase política y su sistema que cada vez genera más pobreza en el mundo; estamos condenando a la izquierda a ser el paria, la última rueda del coche; a los izquierdistas a ser los eternos ignorados de la sociedad, los que siempre se flagelan y se deprimen como emos quejándose que el mundo es injusto y desigual sin poder hacer nada más allá de nuestro llanto; y asesinando las ilusiones, los sueños de mucha gente y militantes, personas del pueblo común y corrientes – como el que escribe - que en algún momento creyeron en esta alternativa. Qué irónico, ¿no? Uno entra a un partido u organización para realizar y llevar a la práctica sus ideales de cambio y es el partido el que termina matándolos… Como a algunos dentro de la izquierda les gusta hablar de utopías, parece que han convertido a la unidad en eso: una utopía.

domingo, 18 de abril de 2010

BTR: la verdad de las mentiras

Delatora es la ansiedad con que algunos personajes, en particular Jorge del Castillo, tratan de librarse de sospechas sobre su complicidad con Rómulo León y Fortunato Canaán.

Del Castillo ha querido apoyarse en la aparición de un sujeto de tercer plano para decir algo así como: "¡Al ladrón! ¡Al ladrón!". El pobre hombre no tiene nada que hacer en el drama. Pero que el secretario general del APRA quiera apoyarse en él es síntoma de desesperación.


Gisselle Gianotti confirma ahora, entre otras cosas, que del Castillo y Rómulo León hablaban sobre una tramposa operación petrolera que iba a dar muchos millones de dólares. "En un momento", dice Gianotti refiriéndose a un audio robado, "Rómulo le dice a del Castillo que no se preocupara pues todo lo que esto generara iba a cubrir la campaña del 2011".


Este es un dato que ya se había filtrado hace meses, pero que ahora, en versión irrefutable, se confirma e indica lo que podría significar un gobierno de del Castillo en materia de corrupción y coimas.


Desde hace tiempo algunos analistas creen que el artífice mayor y, por lo tanto, el mayor beneficiario de los grandes negociados gubernamentales es del Castillo, socio fiel del presidente Alan García.


Un análisis del caso del chuponeo practicado por la empresa en que Gianotti trabajaba tiene que partir de dos factores de arranque:


1. El general Miguel Hidalgo, gran amigo de Alan García y entonces jefe de la Dirección Nacional Antidrogas (DIRANDRO), fue encargado por este de la investigación de un caso que no correspondía a su cargo y sus funciones.


2. La jueza encargada del caso, María Martínez Gutiérrez, del 34 Juzgado Penal de Lima, es una magistrada provisional. Ya se sabe que el presidente de la Corte Superior de Lima, que nombra a los jueces provisionales, es César Vega Vega. No es por hablar mal, pero Vega Vega es íntimo compañero y amigo de García. Tanto, que cuando el futuro presidente del Perú regresó de París, Vega Vega le brindó para domicilio de él y su esposa su estudio de abogado, en la cuadra 11 del jirón Carabaya.


Vega Vega es el típico magistrado aprista que administra "justicia" en función de lo que le dictan de Palacio. El acoso judicial a periodistas se inspira sin duda en ese centro de un poder que es absoluto y, además, podrido.


De todo lo conocido y de lo que ahora revela Gisselle Gianotti se puede extraer esta conclusión: el APRA encargó el caso BTR a personas que podían encubrir a líderes de ese partido.


El corolario es: los que se saben culpables son los únicos que pueden haber robado y manipulado pruebas. Para eso se requiere poder - policial y judicial -.

domingo, 31 de enero de 2010

La derecha en el Perú

¿Qué significa ser de derecha en el Perú? ¿Cuál es el perfil de un derechista peruano? ¿Qué filosofía la inspira? ¿Qué organizaciones, qué líderes, qué fuerzas políticas integran el campo de la derecha, qué corrientes de opinión? ¿Tiene algún programa? ¿Cómo opera? Voy a ensayar algunas respuestas provisorias a este conjunto de preguntas. En el Perú no existen investigaciones históricas y empíricas que ayuden a definirla mejor. La peruana es una derecha difusa, borrosa, sin perfiles claros. Ella alberga a conservadores y a reaccionarios, a los defensores de la tradición y del statu quo, a los promotores del autoritarismo (la mano dura) y a los arribistas de toda laya. Cuando son católicos pertenecen al Opus Dei o al Sodalitium y, por eso mismo, son fundamentalistas pues fusionan la religión con la política. Son endogámicos: estudian en los mismos colegios, pertenecen a los mismos clubs exclusivos, se divierten en las mismas playas de moda, leen los mismos best sellers y, desde luego, a Vargas Llosa, su novelista favorito.

Son liberistas (adoran al liberalismo económico) más que liberales. Aman la molicie rentista y odian el esfuerzo industrial. Son hispanistas, anglófilos o pro yanquis y, por eso mismo, excluyentes y racistas. Buscan la unanimidad y rechazan el pluralismo. Los mueve el miedo a los otros que pueden desbordarlos (los indios, los cholos, los amazónicos). Prefieren el orden al cambio y a la libertad. Son elitistas y están contra toda participación de las masas. Sus sectores ilustrados se inspiran en el pensamiento reaccionario de Louis de Bonald, Joseph de Maistre, Edmund Burke, Lammenais, Donoso Cortés, Carl Schmitt, Bartolomé Herrera, Riva Agüero. La derecha peruana ilustrada de hoy, sin embargo, no ha alcanzado las cumbres de la generación del 900. Son sólo modestos libretistas de ese viejo pensamiento reaccionario, de la Escuela Austriaca de economía (von Wieser, von Misses, von Hayek) en su versión gringa (la llamada Escuela de Chicago) y de la Escuela de Viena (Mach, Bühler, Gomperz, Popper).


Son partidarios de la versión extrema del neoliberalismo (sólo mercado y nada de Estado, exportación primaria sin industrialización, apertura total al libre comercio sin protección de los intereses nacionales, autorregulación del mercado sin protección de la sociedad, libre movimiento de capitales sin regulación, explotación del trabajo sin derechos del trabajador, puro chorreo y nada de distribución equitativa). Son hermanos-enemigos del estatismo. Por eso aman y odian a Chávez. Creen ingenuamente (¿o maliciosamente?) que el estatismo es la única alternativa a su pensamiento único conservador. Son monótonos y monocromáticos. Están incapacitados para pensar otros modelos de desarrollo que se ubican entre el neoliberalismo extremo y el estatismo. No perciben los matices que dan tono y color a la compleja vida social.


La derecha está integrada por los poderes fácticos (los organismos financieros internacionales, la Confiep, los medios de comunicación, las FF.AA., la iglesia católica conservadora), algunos caudillos y sus entornos (Fujimori, García), algunos partidos (PPC, el Apra) y corrientes de opinión alimentadas por los medios nacionales e internacionales. Carece, sin embargo, de un liderazgo preciso. Tampoco tiene una representación política definida. Sólo cuenta con representaciones sociales. Está desarticulada y sometida a ambiciones incontenidas y a una competencia exacerbada. Los operadores políticos y algunos publicistas y periodistas de los medios pretenden superar ese déficit. Lo que unifica a la derecha dispersa, sin embargo, es el enemigo al que tienen que combatir porque pone en peligro sus intereses y su modelo neoliberal extremo: Ollanta Humala y su entorno. Para asesinarlos moralmente han alquilado a sicarios mediáticos, Tirifilos del insulto, la mentira y la calumnia.

viernes, 6 de noviembre de 2009

¿Las ideologías en crisis?

Francis Fukuyama, filósofo estadounidense de origen japonés, sostiene la teoría del “fin de la historia” en su libro El fin de la historia y el último hombre. Este “fin de la historia” significa el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas. Los hombres satisfacen sus necesidades a través de la actividad económica sin tener que arriesgar sus vidas en ese tipo de batallas, que los procesos de cambio y evolución del mundo llegaron a su fin y que el orden establecido que nos rige en la actualidad es el que va a terminar imperando en todos los aspectos de la vida humana. Toma como base la caída del muro de Berlín en 1989, que significó el fin de la Guerra Fría y un golpe duro para el comunismo, y afirma que la única opción viable es la democracia liberal tanto en lo económico como en lo político. O sea, las ideologías ya no son necesarias y han sido sustituidas por la economía, más exactamente la de libre mercado. ¿Fukuyama tiene razón? ¿Estamos viviendo el “fin de la historia”? ¿Acaso en estos tiempos modernos la natural y biológica evolución de la humanidad se va a quedar estancada? ¿Los historiadores ya no van a tener nada que estudiar desde la caída del muro?


Para muchos esta es una de las manifestaciones de la crisis de las ideologías en la actualidad, más precisamente a partir de la década de los 90. Y este teorema se refuerza con todo el apogeo en la cresta de la ola de las tecnologías de la información, el Internet, la comunicación vía satélite; que definitivamente marcan una nueva pauta en el desarrollo del mundo. Ahora han aparecido grupos más pequeños que cada vez entran con más fuerza en el orden social: feministas, movimientos de homosexuales, ecologistas, naturalistas, ONG, etc.; cosa que no preveían los grandes intelectuales de siglos pasados, fundadores de las ideologías más relevantes de la historia del mundo.


En el Perú se observa casi la misma situación con las ideologías. El último proceso electoral del año 2006, nos mostró una clara fragmentación en el país. La gran capital y el norte industrializado apoyaba al que aseguraba – formando alianzas con las grandes empresas nacionales y extranjeras como vemos actualmente – la inversión, el sur pobre e históricamente abandonado apoyaba la figura que sumergió como consecuencia de estas necesidades y que prometía una mejor calidad de vida y la recuperación del sitial histórico que siempre ocuparon. Pero si nos ponemos a analizar, el peruano carece de una cultura electoral y sólo se inclina por el candidato más carismático, el que aparece con más frecuencia en los medios y el que protagoniza los más sonados escándalos. En eso se han convertido los procesos eleccionarios en el Perú: un en un circo donde los payasos se acusan y las pulgas están atentas para buscar donde prenderse. Los procesos son ahora personalistas: no priorizan las propuestas, sino al candidato y sus antecedentes. Esto contribuye con la crisis de las ideologías en el Perú, además de otros complejos procesos históricos.


Definitivamente, la izquierda ha sido la más afectada por este problema. La aparición de grupos terroristas como Sendero Luminoso y el MRTA, desprestigiaron por completo a la izquierda y ya no tiene el mismo poder de influencia de antes. Todas las consecuencias que de la guerra interna iniciada por estos grupos fundamentalistas dogmáticos – que tergiversaron los principios de la izquierda – dejó huellas imborrables en nuestra sociedad. Por lo tanto, a la izquierda le espera un gran reto de aquí en adelante: interiorizarse, restructurarse, corregir también definitivamente algunos preceptos que demostraron no dar resultado por su dureza y rigidez, y empezar con un trabajo de hormiga desde sus propias bases, una labor de concientización social incansable para volver a recuperar su fuerza y presencia necesaria para todo el mundo. Claro está que la izquierda históricamente ha sufrido oposiciones salvajemente fuertes, sino veamos cómo quedó estructurado geopolíticamente el mundo después de la caída del muro de Berlín y nos daremos cuenta quienes son y han querido ser los verdaderos amos del mundo. La oligarquía y los grupos de poder nunca han querido perder su posición y llevan a cabo campañas mediáticas para preservar el delirio de Fukuyama: el “fin de la historia” y el pensamiento único como guía de desarrollo. Desde mi humilde punto de vista, no hay otra ideología en el mundo que tenga un diagnóstico tan acertado de la sociedad y propuestas tan coherentes como el socialismo. Por eso es necesario en toda sociedad, y mucho más en el contexto actual, con toda la brecha que genera la globalización y las desigualdades que cada vez más son inherentes al capitalismo.

jueves, 5 de noviembre de 2009

El caso Malpartida

El Perú en el que Sendero juntaba la pólvora de las minas y la hacía reventar en coches o sobre cadáveres, no era precisamente un país que Montesquieu hubiese saludado como ejemplo.

No era un país: era la anarquía que aspiraba llegar al terror, era el terror que quería la anarquía. Era una hemorragia y una sucesión de difuntos.


Y en ese país espantoso, muchos sobrevivieron fingiendo que acataban las órdenes de la mula, doblemente estéril, del senderismo. La otra alternativa era oponerse y morir. O colaborar con el enemigo y morir con un letrero de soplón sobre el pecho.


Ese fue el caso, según todos los datos que se pueden tener a la mano, de la parlamentaria andina Elsa Malpartida.


¿Tiene algún sentido sacar de las vejeces judiciales este asunto?


Sólo lo tendría si se demostrara que la Malpartida ha vuelto a “obedecer” a lo que queda de Sendero –ese muñón llamado Camarada José, maoísta que no terminó de leer “Coquito”-.


O si se pudiera probar que la Malpartida, al simular que acataba a las hordas senderistas, participó en algún homicidio o en algún atentado.


Si nada de eso se puede ni decir ni comprobar, la única razón para sacar de las secretarías este asunto es continuar con la evidente campaña que, desde diversos sectores, se ha emprendido en contra del Partido Nacionalista.


Pero esa independencia me da cierta autoridad como para decir que, en el caso de Elsa Malpartida, el huaqueo periodístico en cuestión parece proceder del Apra y de los servicios de inteligencia cercanos a cierta vicepresidencia.


La apuesta es alta: si se logra meter en la cabeza de buena parte del electorado la idea de que Sendero ha infiltrado al humalismo, la derecha se habrá librado de su más serio enemigo y podrá dedicarse a uniformar y pasteurizar el resto de la campaña electoral.


Porque aquí de lo que se trata es de que ningún candidato cuestione “el sistema”, esa cuchipanda de sacro mercado, cholo barato, prensa alquilada y reprimarización total de la economía.


Ese escenario, que algunos llaman “el modelo”, no puede desmontarse. Puede cambiar el elenco, puede el director ser sustituido, pueden las candilejas encenderse con otros colores, pero lo que no puede cambiar es la obra ni el teatro ni la tramoya.


Y en ese sentido, sólo Humala es, por ahora, la nube gris que nubla su camino. Y a Humala hay que darle duro y como sea, como en el 2006.

El problema es que este Thriller selvático se presenta justo en el momento en que Canáan está en Lima, los petroaudios amenazan y las revelaciones sobre el maridaje García-BusinessTrack tienen muy nervioso al califato entero de Alí Babá Kurí.

O sea que estamos ante una descarada bomba de humo.

domingo, 27 de septiembre de 2009

De Soto y García, la misma sintonía

Después de larga ausencia, reaparece Hernando de Soto (HdS) con el documental “El misterio del capital de los indígenas amazónicos” (www.ild.org.pe). Como el norteamericano Al Gore y su documental “Una verdad incómoda”, sobre el calentamiento de la tierra, HdS quiere mostrar su preocupación por la rebelión de Bagua y dice lo que piensa y cree en abierta oposición al “señor Pizango, mal asesorado”, según sus propias palabras. Alberto Pizango es el dirigente de la Asociación Interétnica para el Desarrollo de la Selva Peruana, Aidesep, exiliado en Nicaragua, desde junio pasado.

Todas las técnicas mediáticas han sido bien utilizadas por el equipo productor para volver una vez más sobre la tesis No hay capital sin propiedad, ni desarrollo (capitalista) sin propiedad, defendida por HdS en sus libros “El otro sendero” (1989) y “El Milagro del capital” (2000).

Cuenta HdS que varios equipos de investigación de su “Instituto Libertad y Democracia” recorrieron, en tres meses, el 70 por ciento de la Amazonía peruana, para preguntar cuántos y qué clase de títulos tienen los amazónicos, y, además, qué pueden hacer con esos títulos. Entre los hallazgos de esos equipos destacan: 1. Los títulos son de propiedad colectiva, no hay ningún título individual formalmente válido. 2. Esos títulos “no sirven para nada”. 3. Los indígenas amazónicos ya están en contacto con el mercado, y, 4. Los indígenas no viven en un paraíso colectivista porque hay muchos que ya tienen pequeños negocios propios. Se trata de un parto de los montes. Desde la ley de Comunidades nativas de 1974, los títulos de propiedad son entregados a las comunidades, no a los comuneros como personas.

No era necesario hacer costosos viajes para conocer esos datos simples de la realidad. Las monografías de los estudiantes de antropología en los últimos cincuenta años dan cuenta de la inserción de los nativos amazónicos en el mercado desde la aparición en los ríos de los primeros “regatones”.

En los estudios de primer nivel académico como el libro “Amazonía: economía indígena y mercado: desafíos del desarrollo autónomo”, se encuentra un exhaustivo examen de la coexistencia de la economía indígena fundada en el principio de la reciprocidad, y la economía de mercado. También se analizan los conflictos y la complementariedad entre ambas. El texto tiene una propuesta precisa para un desarrollo autónomo en convivencia con el mercado, prescindiendo del valor capitalista de la acumulación de riqueza individual a cualquier precio. En tres meses nadie podría hacer un trabajo igual. Los equipos de HdS y él mismo tienen mucho que aprender. Si me permiten el atrevimiento, recomiendo una visita al Instituto del Bien Común (www.ibc.peru.org) para encontrar ese y muchísimos otros libros y artículos sobre la Amazonía.

Sus enviados especiales buscaron a nativos y nativas que sólo dicen lo que HdS quiere oír: sin propiedad no hay capital, sin capital no hay desarrollo y el desarrollo sólo puede ser capitalista. Hubiera sido muy importante escuchar las voces de los dirigentes de Aidesep, del propio Alberto Pizango, y de especialistas en la Amazonía como Pedro García Hierro, Alberto Chirif, Richard Chase Smith, Margarita Benavides, Frederica Barclay, Lucy Trapnell, Roger Rumrill, entre otros y otras. Incluirles, habría significado entrar en un debate en serio. El documental incluye a dos indígenas canadienses invitados para decir que los indígenas pueden volverse ricos sin renunciar a sus culturas y valores, sin tocar el tema de los contextos históricos y nacionales tan diferentes.

Hubiera sido muy importante que HdS y sus anónimos investigadores preguntasen por la noción que los pueblos indígenas tienen del territorio, más allá de la tierra con o sin un título de propiedad, y leyesen algo de la enorme bibliografía existente sobre el tema. Si lo hubieran hecho habrían sabido que el territorio es un espacio vasto, ancho y abierto, en el que se desarrollan las culturas de los pueblos indígenas; que los ríos, las restingas, los bosques, las cochas, las quebradas, los seres humanos y todos los animales forman parte de él, del mismo modo que todas sus creencias. El territorio es en primera y en última instancia una madre y todo lo que esa noción implica para su manejo. Si los indígenas son hijos de esa madre le deben el mayor de los respetos y se sirven de ella gracias al principio de reciprocidad para ofrecer a todas y cada una de las unidades domésticas los medios para vivir. No es posible excluir a unas para beneficiar a otras.

En este punto se encuentra la diferencia específica con la organización capitalista del espacio y la sociedad que fomenta la acumulación de la riqueza individual, en beneficio de unos y sacrificando a los otros. Para HdS, como para todos los capitalistas, el territorio es una extensión de tierra cuyo valor depende de un título de propiedad, y punto.

HdS dice que los títulos individuales de propiedad de la tierra se convierten en capital cuando son refrendados por acuerdos internacionales que garantizan las inversiones. Recomienda a los nativos que consigan títulos individuales al margen de la propiedad colectiva de sus comunidades. Sólo así, sostiene, podrían aprovechar la riqueza que hay en sus tierras. Pero no dice una palabra sobre las 1,228 concesiones forestales con 7’802,660 hectáreas y los 81 lotes de hidrocarburos en 56’131,862 hectáreas, ya entregados a empresas multinacionales y nacionales, y/o personas individuales, que representan el 10.0 % y el 72 % del territorio amazónico peruano, respectivamente. (Ver el mapa de Distribución del territorio Amazónico, elaborado por el Instituto del Bien Común, Lima 2009). ¿Qué queda para las comunidades nativas? Lo ideal sería que éstas se asociaran a empresas para explotar esos recursos, pero el propio De Soto dice que el título colectivo no vale para nada y no sabemos de empresas dispuestas a asociarse con comunidades nativas.

HdS se presenta como defensor de una propuesta moderna y pacifista en frontal oposición a Alberto Pizango, quien es mencionado como el malo de la película y supuestamente defensor de una propuesta arcaica y violentista. La ecuación título de propiedad-capital-desarrollo-desarrollo capitalista usada por HdS es la misma del razonamiento de Alan García en sus artículos sobre el Perro del hortelano, que provocaron la rebelión amazónica de agosto de 2008 y junio de 2009. Ninguno cita al otro, pero ambos están en la misma orilla. No resulta difícil prever lo que podría venir después. Veinte años atrás HdS ofreció su candidatura presidencial a los partidos políticos, sin éxito alguno.

jueves, 3 de septiembre de 2009

¿Por qué no te callas?

Estamos aprendiendo, a un costo muy alto para nuestra sociedad, que los bloqueos de carreteras, la toma de aeropuertos, la paralización de vías férreas, la quema de llantas y los enfrentamientos callejeros nos afectan a todos porque ahuyentan al turista, encarecen los productos básicos al no permitir un adecuado abastecimiento de los mercadillos locales, frenan la producción local, crean inseguridad ciudadana y aumentan el riesgo-país.
No obstante los altos costos para nuestra sociedad, parece que esas formas de interrumpir el libre tránsito y la vida en sociedad son la única manera en que distintos grupos de la población pueden hacer valer su voz, ser oídos y participar.
¿Se ha preguntado qué le queda al peruano que siente que sus autoridades le engañan y no cumplen lo que le prometieron? ¿Qué harías si no te oyen, si planteas alternativas y las desechan sin mayor trámite, si solicitas audiencia o te quejas y te pelotean, si pides que se ejecuten los acuerdos firmados y se ríen en tu cara, si explicas que tu producción o tu comunidad están en riesgo y te ignoran?
La inercia y la inacción de nuestro sistema preventivo estatal conducen a la protesta y la rabia acumulada a la violencia. Y si la autoridad reacciona mal, el uso de la fuerza desata la espiral de la confrontación radical.
Por eso es tan importante, especialmente en un país tan diverso como el nuestro, garantizar la libertad de expresión y el derecho de opinión de todos y cada uno de nosotros. Permitir que la gente se exprese libremente, que pueda compartir su parecer y decir lo que desea — sin difamar o calumniar por cierto. En el Perú, como en el resto del mundo civilizado, no hay delito de opinión porque poder plantar ideas y discutirlas es el mejor antídoto contra la rebelión.
No hay nada más poderoso que una buena idea y nada más nocivo para una sociedad que buscar acallarla con la fuerza.
En una democracia, las ideas se defienden con la fuerza de la razón y el arte de la persuasión.
Si creemos en la igualdad y libertad como condición esencial de nuestra democracia, cuidemos que no llegue a nuestra sociedad la moda de ciertos gobernantes de la región de silenciar medios de comunicación y voces discordantes.
Por el contrario, si queremos garantizar el libre tránsito y la paz social, no debemos permitir que silencien a quienes tienen una voz distinta.