viernes, 6 de noviembre de 2009

¿Las ideologías en crisis?

Francis Fukuyama, filósofo estadounidense de origen japonés, sostiene la teoría del “fin de la historia” en su libro El fin de la historia y el último hombre. Este “fin de la historia” significa el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas. Los hombres satisfacen sus necesidades a través de la actividad económica sin tener que arriesgar sus vidas en ese tipo de batallas, que los procesos de cambio y evolución del mundo llegaron a su fin y que el orden establecido que nos rige en la actualidad es el que va a terminar imperando en todos los aspectos de la vida humana. Toma como base la caída del muro de Berlín en 1989, que significó el fin de la Guerra Fría y un golpe duro para el comunismo, y afirma que la única opción viable es la democracia liberal tanto en lo económico como en lo político. O sea, las ideologías ya no son necesarias y han sido sustituidas por la economía, más exactamente la de libre mercado. ¿Fukuyama tiene razón? ¿Estamos viviendo el “fin de la historia”? ¿Acaso en estos tiempos modernos la natural y biológica evolución de la humanidad se va a quedar estancada? ¿Los historiadores ya no van a tener nada que estudiar desde la caída del muro?


Para muchos esta es una de las manifestaciones de la crisis de las ideologías en la actualidad, más precisamente a partir de la década de los 90. Y este teorema se refuerza con todo el apogeo en la cresta de la ola de las tecnologías de la información, el Internet, la comunicación vía satélite; que definitivamente marcan una nueva pauta en el desarrollo del mundo. Ahora han aparecido grupos más pequeños que cada vez entran con más fuerza en el orden social: feministas, movimientos de homosexuales, ecologistas, naturalistas, ONG, etc.; cosa que no preveían los grandes intelectuales de siglos pasados, fundadores de las ideologías más relevantes de la historia del mundo.


En el Perú se observa casi la misma situación con las ideologías. El último proceso electoral del año 2006, nos mostró una clara fragmentación en el país. La gran capital y el norte industrializado apoyaba al que aseguraba – formando alianzas con las grandes empresas nacionales y extranjeras como vemos actualmente – la inversión, el sur pobre e históricamente abandonado apoyaba la figura que sumergió como consecuencia de estas necesidades y que prometía una mejor calidad de vida y la recuperación del sitial histórico que siempre ocuparon. Pero si nos ponemos a analizar, el peruano carece de una cultura electoral y sólo se inclina por el candidato más carismático, el que aparece con más frecuencia en los medios y el que protagoniza los más sonados escándalos. En eso se han convertido los procesos eleccionarios en el Perú: un en un circo donde los payasos se acusan y las pulgas están atentas para buscar donde prenderse. Los procesos son ahora personalistas: no priorizan las propuestas, sino al candidato y sus antecedentes. Esto contribuye con la crisis de las ideologías en el Perú, además de otros complejos procesos históricos.


Definitivamente, la izquierda ha sido la más afectada por este problema. La aparición de grupos terroristas como Sendero Luminoso y el MRTA, desprestigiaron por completo a la izquierda y ya no tiene el mismo poder de influencia de antes. Todas las consecuencias que de la guerra interna iniciada por estos grupos fundamentalistas dogmáticos – que tergiversaron los principios de la izquierda – dejó huellas imborrables en nuestra sociedad. Por lo tanto, a la izquierda le espera un gran reto de aquí en adelante: interiorizarse, restructurarse, corregir también definitivamente algunos preceptos que demostraron no dar resultado por su dureza y rigidez, y empezar con un trabajo de hormiga desde sus propias bases, una labor de concientización social incansable para volver a recuperar su fuerza y presencia necesaria para todo el mundo. Claro está que la izquierda históricamente ha sufrido oposiciones salvajemente fuertes, sino veamos cómo quedó estructurado geopolíticamente el mundo después de la caída del muro de Berlín y nos daremos cuenta quienes son y han querido ser los verdaderos amos del mundo. La oligarquía y los grupos de poder nunca han querido perder su posición y llevan a cabo campañas mediáticas para preservar el delirio de Fukuyama: el “fin de la historia” y el pensamiento único como guía de desarrollo. Desde mi humilde punto de vista, no hay otra ideología en el mundo que tenga un diagnóstico tan acertado de la sociedad y propuestas tan coherentes como el socialismo. Por eso es necesario en toda sociedad, y mucho más en el contexto actual, con toda la brecha que genera la globalización y las desigualdades que cada vez más son inherentes al capitalismo.