sábado, 11 de abril de 2009

Las siete palabras de Jesús (a mi estilo)

Jueves santo. Miles de personas se amotinan en el centro de Lima para recorrer las siete estaciones. Esta tradición recuerda los siete recorridos que hizo el Señor después de cenar con sus discípulos y antes de llegar a la Cruz. Y todos los jueves santos de cada año, las estrechas calles del centro histórico limeño reciben a los fieles empapados de fe religiosa.
Es increíble ver como hasta esta fecha las variopintas costumbres de los limeños destacan sobre el humo del incienso que se levanta en el inicio de la pascua. Es que la crisis golpea y duro. Hay que buscárselas. Los anticuchos, picarones, mazamorra morada, arroz con leche, arroz zambito, entre otros, no podían faltar en este punto de reunión familiar. La Plaza Italia de los Barrios Altos es un claro ejemplo. Las conocidas señoras que salen todos los fines de semana a ofertar sus productos aprovecharon la gran demanda vial por este día y también se unieron al pintoresco ambiente fervoroso. Las típicas palmas se ofrecían en las puertas de las dos iglesias que rodean esta plaza: Santa Ana y San José.
Avanzando más hacia el centro, se empieza a respirar el aroma a multitud: el encuadre de mis ojos cada vez más se llenaba de gente a medida que me acercaba al corazón de la ciudad. Estaba a unos metros de la Plaza de Armas y ya uno tenía que empezar a pedir permiso para avanzar. Llego a la esquina de los jirones Huallaga y Carabaya cuando veo a un puñado de personas forzando por entrar a la iglesia que se encuentra allí, la principal de la capital: la Basílica Catedral. Pude observar como trataban de zafarse un grupo de fieles que fueron interceptados por miembros de la Hermandad del Señor de los Milagros que preservaban el orden (aunque ellos mismos no lo respetaban). Llegaron incluso a agredir a una señora que se logró zafar cuando ya estaba a punto de ingresar a la Catedral. ¿Qué necesidad había? En fin. Por cierto, no sólo no respetaban el orden que ellos mismos tenían que inspirar, sino también a la gente. Cuando pasé de su resguardo y quedé a unos metros de entrar, escuché que uno de ellos le decía a otro, refiriéndose a un par de chiquillas que estaban delante de mí (que incluso estaban con su madre): “¡Qué par de mangazos que se manejan esas chibolas!”. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
Era la primera vez que entraba a la Catedral: impresiona por la belleza de su fachada y por su inmensidad y amplitud ya mirándola desde adentro. Pero, a decir verdad, no le noté mucha diferencia con otras iglesias: parece que todas hubieran sido construidas por el mismo arquitecto. Balcones por aquí, altares por allá. En los pasadizos laterales, estatuas de santos encerrados y resguardados por rejas de madera. El principal altar fue lo que me llamó más la atención: hecho de metales preciosos relucientes, se levantaba enorme frente a la mirada de todos. Un acólito daba las primeras palabras de la misa leyendo un pasaje de uno de los evangelios, hasta que se apareció el cardenal Juan Luis Cipriani empezando el acto litúrgico.
Salí después de unos minutos, atravesé la plaza y seguí por el jirón Conde Superunda. Ahí, en la intersección con el jirón Camaná, está la iglesia del Rosario o de Santo Domingo. Aquí se había formado un muro humano. Pasaba por ese momento uno de esos ómnibus que llevan de paseo por el cerro San Cristóbal y casi atropella a una señora con una niña. El muro humano no dejaba avanzar, incluso algunos ladrillos de esa construcción me frenaban el paso y me empujaban. Creo que pasaron quince minutos tratando de zafarme de ese entrampamiento. Volteé a la izquierda por el mismo jirón Camaná y pasé por la iglesia San Agustín que, a diferencia de las otras, no tenía tanta gente afuera
Decidí voltear por el jirón Huancavelica hacia el jirón de la Unión y me encontré con otra muchedumbre que pugnaba por entrar a la iglesia de Nuestra Señora de La Merced. Sí que la gente sigue todas las costumbres de la Semana Santa, porque aquí avanzaban a paso lento, cansino, como recordando los pasos de Jesús hacia el monte Calvario con su cruz. Sin darme cuenta, yo también estaba inmerso en esa multitud. Mi pasión fue padecer los latigazos e hincones de las palmas; los empujones, patadas y pisadas de la plebe; hasta que salí de ese calvario, que felizmente no era el monte.
Me puse a “jironear”. Huecos y tierra en el cruce con la avenida Emancipación, los cuales parecían gritarle al acalde: “Castañeda, Castañeda, ¿por qué me has abandonado?”. Un pollo bailarín en la puerta de un restaurante, una turba de niños corriendo para entrar al cine Excelsior, parejitas por aquí, familias por allá. Llegué a la plaza San Martín (apellido de moda) que luce muy bien iluminada. Me di una vuelta y emprendí el regreso por donde había venido. Fue aquí que se me presentó la Virgen, una diosa frente a mí. Estaba parada dándome la espalda y comprando helados. Su cabello largo y negro parecía el Manto Sagrado que la cubría. Su curvilínea y silueteada figura eran la Pasión de Cristo y la Resurrección de la Carne (¿quién fuera a confesarse para recibir su cuerpo de una hostia?). Decidí acercarme, lentamente. Logré ver su rostro: sus ojos achinaditos y destellantes, sus pestañas arqueadas eran una Navidad para la vida. Me había llenado de valor como pocas veces, estaba muy cerca, cuando de pronto se acabó el encantamiento: salió desde dentro de la tienda un Pilatos y me condenó a la cruz de la dura realidad. Ahora, sólo quiero decirle a aquella ninfa: “Te prometo que hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Caminando de vuelta a casa, entré un momento al Metro de Emancipación. Me distraje viendo los libros. Saliendo me compré una bolsa de canchita. Veo la hora: 8 de la noche. Las calles se vaciaban poco a poco.
Al llegar a la avenida Abancay vi que una señora pasaba por el medio de la pista jalando su carretilla de ambulante y con su hijo en su espalda. De pronto apareció más rápido que el viento uno de los inspectores de tránsito y al grito de ¡Hey!, ¡hey!, llegó hacia ella, la guió hacia la vereda y le dijo: “Madre, ahí tienes a tu hijo”. Felizmente que el semáforo estaba en luz roja
Ya cerca a mi casa (otro ambiente) las escenas cambiaban. La gente festejaba la Semana Santa (¿o “Tranca”?) no con la sangre de Cristo sino con la “santa chela que estás en el hielo”. Es que para algunos, como buenos peruanos, la oportunidad es propicia para fortalecer la amistad (¿no, Pilsen?) con un buen tintineo de vasos y risas por doquier. El lema de ellos es: “Tengo sed”.
Así termina este pequeño recorrido personal por las estaciones en este jueves santo. “Todo está consumado”. Después de llegar extenuado sólo me queda decir: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.