Ahora resulta que el Grupo Colina fue un invento de los enemigos de Fujimori y que el capitán Martin Rivas no mató a nadie, sino que es un ensayista.
Sus asesinatos serían, a lo mejor, simples ensayos de asesinato.
Con esas versiones, Martin Rivas se muestra como lo que es: un cínico a sangre fría.
Una de las argucias del criminal consiste en escudarse en el Ejército. Afirma que quienes acusan al Grupo Colina quieren denostar a los militares que derrotaron al terrorismo y en especial a Sendero Luminoso.
El Ejército debería pedir a Rivas que no confunda las cosas: una es el manípulo criminal llamado Colina; otra es la institución de la que formaron parte peruanos prominentes como Francisco Bolognesi.
Además, conviene recordar que la derrota de Sendero se debió en gran parte a los campesinos organizados y orientados por sectores de izquierda.
En todo caso, no fueron los asesinatos por la espalda, las torturas aprendidas en cursos yanquis, las ejecuciones forzadas, las violaciones cobardes, los que ayudaron a despejar la amenaza planteada por Sendero.
Al contrario. Las acciones tipo Colina fomentaron, sobre todo en el sur andino, el odio contra la fuerza pública.
En la audiencia del miércoles, el capitán de asesinos intentó dar lecciones de estrategia militar con afirmaciones simplistas. Dijo, por ejemplo, que la guerra de baja intensidad es sinónimo de guerra contra guerrillas.
En realidad, la guerra de baja intensidad (Low Intensity Conflict) es una concepción de los militares estadounidenses surgida debido a que Vietnam, un pequeño país del tercer mundo, había derrotado al ejército más poderoso del mundo (¡Bendito seas Vietnam!). Su objetivo es, por eso, elaborar estrategia, táctica y arte operativo para derrotar rebeliones populares, derrocar gobiernos revolucionarios y - ¡mucho ojo! - ayudar a gobiernos serviles a Washington.
La guerra de baja intensidad la libran los ejércitos reaccionarios mediante fuerzas de operaciones especiales, fuerzas para asuntos civiles y fuerzas para operaciones psicológicas.
Las operaciones "psicológicas" incluyen, por supuesto, las torturas. En la prisión Abu Ghraib de Irak, el mundo ha visto con horror el sadismo de alta intensidad de esa estrategia.
Esas doctrinas y prácticas inhumanas las asimiló Martin Rivas en la Escuela de las Américas, alma máter de dictadores y asesinos.
Martin Rivas ha mostrado en el tribunal el mismo aplomo con que ordenaba matar y mataba bajo las órdenes del asesino mayor, Fujimori.
No menos asombroso resulta el desempeño actoral del ministro del Interior, Luis Alva Castro, cuando afirma que los campesinos asesinados en Cusco murieron a causa de armas artesanales... ¡que portaban balas policiales de acero!
El cinismo oficial de ayer y hoy tiene el mismo rostro sombrío de la muerte.
viernes, 29 de febrero de 2008
martes, 26 de febrero de 2008
Prensa y poder
¿Hasta dónde debería llegar el poder de la prensa? Depende de la prensa. Si hablamos de la prensa que investiga de verdad, que separa los intereses de sus propietarios de la necesidad de servir a la opinión pública, la respuesta debería ser: hasta donde la búsqueda de la verdad se lo permita.
Sin embargo, esa prensa ideal está hoy desapareciendo o se debilita delante de nuestros ojos.
Muerto Jesús de Polanco, por ejemplo, El País, el mayor y mejor periódico escrito en castellano, se debate entre la presión de los sucesores de Polanco por defender el imperio de Prisa y las demandas de independencia de sus ya viejos lectores. Y, claro, aquí cuenta la casi confesión sincera de Juan Luis Cebrián, fundador de El País y siempre consejero de Prisa: "La prensa no puede dejar de ser un negocio rentable".
Eso es cierto. Lo que pasa es que los negocios rentables de las demás esferas no tienen como producto la búsqueda de la verdad, que suele ser tan incómoda y tan explosiva para los negocios más rentables del planeta.
¿Cómo, entonces, buscar la verdad que puede herir a los más poderosos y seguir contando con el favor publicitario y bancario de los poderosos?
Esa es la clave de todo el problema. Y ante ese dilema, la respuesta global de la gran prensa ha sido desactivar lo más que se pueda sus equipos de investigación y, simultáneamente, dirigir esa investigación a escudriñar las debilidades de los políticos - lo cual está muy bien -, pero a costa de no meterse con el poder monstruoso de las corporaciones (el verdadero gobierno de la aldea global).
¿Dónde está la luz al final del túnel? Quizás en periódicos hechos por periodistas, falansterios de la comunicación que vendan masivamente, que puedan prescindir olímpicamente de la publicidad y que sean premiados con el éxito gracias a su demostrada independencia y rigor.
Rigor. Esa es la palabra que a muchos espanta. Porque una cosa es tomar la declaración de un testigo dudoso y convertir eso en un panfleto lapidario para la víctima de turno - eso es lo que se hace con quienes no tienen posibilidad de defenderse en igualdad de condiciones - y otra es investigar con inteligencia y recursos en búsqueda de una verdad generalmente oculta entre malezas y papeles de apariencia indescifrable, entre empresas de paja y tercerías con sede en islas del Caribe. La investigación requiere mucho talento y un poco de dinero. En nuestro medio ambos factores escasean: las universidades construyen preguntadores ingenuos - no investigadores - y a las empresas la investigación les interesa, por lo general, si es libre de gastos y más aún si está dirigida contra algún adversario del periódico.
Y rigor es lo que ha perdido la prensa peruana. Con excepción de Páez, Cruz y Uceda - topos pacientes y exitosos la mayor parte de las veces -, los profesionales de la investigación brillan por su ausencia. Han sido remplazados muchas veces por difamadores de comida rápida, armadores de tramas que no se sostienen en el tiempo pero que pueden impactar en el instante.
Si alguien se dedicara a investigar el verdadero poder del narcotráfico en el Perú, ¿no llegaría a conclusiones sorprendentes? ¿Por qué nunca se investigó la compra de dólares negros de Uchiza por el Banco de Crédito? ¿Por qué no se nos dice cuántas pesqueras han sido alcanzadas por el poder que compra todo? ¿Por qué nunca sabremos cuántos periodistas preocupados por el poder de la cocaína la consumen en abundancia y se sienten omnipotentes e impunes por su inhalación?
¿Se han dado cuenta de que hay gente muy interesada en que nos quedemos con el menú del narcotraficante y asesino Fernando Zevallos, ya condenado a 20 años de cárcel y residente forzado de Piedras Gordas?
¿Cuántos exportadores han sacado coca por el puerto del Callao desde el día en que alguien anuló el control de las supervisoras privadas de aduana?
¿Quién quiere hacernos creer que el narcotráfico es un asunto que atañe sólo a narcos ya encarcelados y a mochileros del Vrae cuando es también un "asunto de blancos" - como se dice en el Perú que Jorge Bruce acaba de describir tan bien -?
Sin embargo, esa prensa ideal está hoy desapareciendo o se debilita delante de nuestros ojos.
Muerto Jesús de Polanco, por ejemplo, El País, el mayor y mejor periódico escrito en castellano, se debate entre la presión de los sucesores de Polanco por defender el imperio de Prisa y las demandas de independencia de sus ya viejos lectores. Y, claro, aquí cuenta la casi confesión sincera de Juan Luis Cebrián, fundador de El País y siempre consejero de Prisa: "La prensa no puede dejar de ser un negocio rentable".
Eso es cierto. Lo que pasa es que los negocios rentables de las demás esferas no tienen como producto la búsqueda de la verdad, que suele ser tan incómoda y tan explosiva para los negocios más rentables del planeta.
¿Cómo, entonces, buscar la verdad que puede herir a los más poderosos y seguir contando con el favor publicitario y bancario de los poderosos?
Esa es la clave de todo el problema. Y ante ese dilema, la respuesta global de la gran prensa ha sido desactivar lo más que se pueda sus equipos de investigación y, simultáneamente, dirigir esa investigación a escudriñar las debilidades de los políticos - lo cual está muy bien -, pero a costa de no meterse con el poder monstruoso de las corporaciones (el verdadero gobierno de la aldea global).
¿Dónde está la luz al final del túnel? Quizás en periódicos hechos por periodistas, falansterios de la comunicación que vendan masivamente, que puedan prescindir olímpicamente de la publicidad y que sean premiados con el éxito gracias a su demostrada independencia y rigor.
Rigor. Esa es la palabra que a muchos espanta. Porque una cosa es tomar la declaración de un testigo dudoso y convertir eso en un panfleto lapidario para la víctima de turno - eso es lo que se hace con quienes no tienen posibilidad de defenderse en igualdad de condiciones - y otra es investigar con inteligencia y recursos en búsqueda de una verdad generalmente oculta entre malezas y papeles de apariencia indescifrable, entre empresas de paja y tercerías con sede en islas del Caribe. La investigación requiere mucho talento y un poco de dinero. En nuestro medio ambos factores escasean: las universidades construyen preguntadores ingenuos - no investigadores - y a las empresas la investigación les interesa, por lo general, si es libre de gastos y más aún si está dirigida contra algún adversario del periódico.
Y rigor es lo que ha perdido la prensa peruana. Con excepción de Páez, Cruz y Uceda - topos pacientes y exitosos la mayor parte de las veces -, los profesionales de la investigación brillan por su ausencia. Han sido remplazados muchas veces por difamadores de comida rápida, armadores de tramas que no se sostienen en el tiempo pero que pueden impactar en el instante.
Si alguien se dedicara a investigar el verdadero poder del narcotráfico en el Perú, ¿no llegaría a conclusiones sorprendentes? ¿Por qué nunca se investigó la compra de dólares negros de Uchiza por el Banco de Crédito? ¿Por qué no se nos dice cuántas pesqueras han sido alcanzadas por el poder que compra todo? ¿Por qué nunca sabremos cuántos periodistas preocupados por el poder de la cocaína la consumen en abundancia y se sienten omnipotentes e impunes por su inhalación?
¿Se han dado cuenta de que hay gente muy interesada en que nos quedemos con el menú del narcotraficante y asesino Fernando Zevallos, ya condenado a 20 años de cárcel y residente forzado de Piedras Gordas?
¿Cuántos exportadores han sacado coca por el puerto del Callao desde el día en que alguien anuló el control de las supervisoras privadas de aduana?
¿Quién quiere hacernos creer que el narcotráfico es un asunto que atañe sólo a narcos ya encarcelados y a mochileros del Vrae cuando es también un "asunto de blancos" - como se dice en el Perú que Jorge Bruce acaba de describir tan bien -?
sábado, 23 de febrero de 2008
Premier mediocre
Jorge del Castillo, presidente del Consejo de Ministros, no figura en el tercio superior de los políticos peruanos. Así lo indican todas las encuestas y lo confirma él mismo cada vez que abre la boca.
Su última hazaña ha consistido en insultar - especialidad de la casa - a los maestros y, de paso, amenazar a los gobiernos regionales que se oponen a la torpeza del ministro de Educación, José Chang, que pretende discriminar y despedir maestros, violando principios constitucionales y hasta la Ley de Carrera Pública Magisterial, que el propio régimen ha impuesto al país.
El aprismo gobernante quiere negar empleo a los maestros que no hayan ocupado el tercio superior durante sus estudios pedagógicos.
Sabido es que durante el primer gobierno de Alan García se crearon en todo el país centenares de institutos pedagógicos y tecnológicos privados. Son un negocio, emprendido en su mayoría por apristas con vocación de comerciantes. Son tan malos, tan malos, que muchos han sido eliminados. En el 2006, el Estado cerró 210; en el 2007, 57 más. Buena parte de los maestros pésimos provienen de esos antros.
Se ejerció y se ejerce allí la pedagogia de la estafa. Pero, eso sí, para justificar el negocio y fomentarlo tales institutos suelen poner notas de 16, 17 ó 18 aun a los peores alumnos. El tercio superior resulta, así, de calidad inferior.
Hay aquí problemas de fondo. En primer lugar, las notas obtenidas en las aulas pueden y deben ser un elemento en la calificación de los maestros. Pero no bastan.
Existen factores diversos a tomar en consideración para la selección de maestros.
Destaco sobre todo un punto decisivo: la capacidad pedagógica real. Todo el mundo sabe que hay maestros y profesores que saben mucho, pero no saben enseñar. Un auténtico concurso de méritos debiera tomar en cuenta clases de demostración, pruebas prácticas.
Hay un mundo nuevo en la medición de aptitudes y capacidades. Se sabe desde hace tiempo que hay varios tipos de inteligencia, incluida la emocional, esa flecha rápida que tiene su sede en la amígdala cerebral.
Puede haber un gran profesor de física, de música o de literatura que no esté en ningún tercio superior, porque la suya es una inteligencia superior.
En el Perú, ya se sabe, un tal José Carlos Mariátegui no figuró en ningún tercio, porque sólo llegó al tercero de primaria.
A Haya de la Torre lo desaprobó en San Marcos Luis Miró Quesada.
En Alemania, el niño Albert Einstein fue considerado durante años casi un retrasado mental. Todo es relativo.
A veces importa mucho lo que sabes y también lo que sabes hacer, lo que inventas. Que lo diga Bill Gates, que apenas pisó las aulas universitarias.
Su última hazaña ha consistido en insultar - especialidad de la casa - a los maestros y, de paso, amenazar a los gobiernos regionales que se oponen a la torpeza del ministro de Educación, José Chang, que pretende discriminar y despedir maestros, violando principios constitucionales y hasta la Ley de Carrera Pública Magisterial, que el propio régimen ha impuesto al país.
El aprismo gobernante quiere negar empleo a los maestros que no hayan ocupado el tercio superior durante sus estudios pedagógicos.
Sabido es que durante el primer gobierno de Alan García se crearon en todo el país centenares de institutos pedagógicos y tecnológicos privados. Son un negocio, emprendido en su mayoría por apristas con vocación de comerciantes. Son tan malos, tan malos, que muchos han sido eliminados. En el 2006, el Estado cerró 210; en el 2007, 57 más. Buena parte de los maestros pésimos provienen de esos antros.
Se ejerció y se ejerce allí la pedagogia de la estafa. Pero, eso sí, para justificar el negocio y fomentarlo tales institutos suelen poner notas de 16, 17 ó 18 aun a los peores alumnos. El tercio superior resulta, así, de calidad inferior.
Hay aquí problemas de fondo. En primer lugar, las notas obtenidas en las aulas pueden y deben ser un elemento en la calificación de los maestros. Pero no bastan.
Existen factores diversos a tomar en consideración para la selección de maestros.
Destaco sobre todo un punto decisivo: la capacidad pedagógica real. Todo el mundo sabe que hay maestros y profesores que saben mucho, pero no saben enseñar. Un auténtico concurso de méritos debiera tomar en cuenta clases de demostración, pruebas prácticas.
Hay un mundo nuevo en la medición de aptitudes y capacidades. Se sabe desde hace tiempo que hay varios tipos de inteligencia, incluida la emocional, esa flecha rápida que tiene su sede en la amígdala cerebral.
Puede haber un gran profesor de física, de música o de literatura que no esté en ningún tercio superior, porque la suya es una inteligencia superior.
En el Perú, ya se sabe, un tal José Carlos Mariátegui no figuró en ningún tercio, porque sólo llegó al tercero de primaria.
A Haya de la Torre lo desaprobó en San Marcos Luis Miró Quesada.
En Alemania, el niño Albert Einstein fue considerado durante años casi un retrasado mental. Todo es relativo.
A veces importa mucho lo que sabes y también lo que sabes hacer, lo que inventas. Que lo diga Bill Gates, que apenas pisó las aulas universitarias.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
