Como el mundo sabe, Estados Unidos invadió Irak con el pretexto de que Saddam Hussein tenía allí un arsenal de armas de destrucción masiva. Se demostró que era una mentira deliberada, aunque Mario Vargas Llosa creyera que era la pura verdad.
Ahora, Álvaro Uribe ha decidido inventar su propio culebrón.
En su afán de echar tierra a su agresión contra Ecuador, anuncia que se han descubierto nexos políticos entre las FARC y el gobierno de Ecuador. Asimismo, asevera que Hugo Chávez ha donado a las FARC 300 millones de dólares.
Lo primero se desmorona fácilmente: las "pruebas" indican, en todo caso, que el gobierno de Quito buscaba contactos con los insurgentes colombianos para fines de carácter humanitario, sin compromiso de apoyo.
Como ha recordado Rafael Correa, presidente de Ecuador, su gobierno en apenas un año desbarató 47 campamentos de las FARC infiltrados en Ecuador. El gobierno anterior sólo capturó tres.
En cuanto a los 300 millones de billetes verdes, la cosa sube a la categoría de cantinflada. Si las FARC son una organización narcoterrorista, con sus propias fábricas de droga, la donación aquella debería parecerle una tacañería.
Algo más, como plantea el Partido Socialista Unificado de Venezuela, si Chávez hubiera donado esos 300 millones, Álvaro Uribe ya no gobernaría. Hubiera sufrido una arremetida feroz y final de la rebelión.
Esto recuerda el caso de Guido Antonini Wilson, el gordo del maletín gordo, a quien "descubrieron" con 800 mil dólares destinados, según información maliciosa, a financiar la campaña electoral de la entonces candidata presidencial Cristina Fernández.
Jaime Bayly desenmascaró al sujeto cuando lo reconoció como el agente antichavista que en el 2002 militaba en la conjura contra Hugo Chávez que urdían Washington y el Opus Dei, y que era amigo íntimo de Carlos Andrés Pérez, el maestro y compadre de Alan García.
Uribe va a denunciar ante la Corte Penal Internacional de La Haya a Hugo Chávez "por patrocinio y financiación de genocidas". Uribe padece de amnesia: olvida que Colombia sufre las acciones de un hombre que patrocina y financia genocidios: George W. Bush.
Las matanzas de capesinos, las torturas que se aplican a prisioneros políticos, los asesinatos de sindicalistas que ocurren en este año 2008 en Colombia, son financiados por ese personaje (y no me lo va a negar, señor Uribe).
Ahora, desde el fortín del imperialismo se ha desatado una ofensiva contra las acciones humanitarias que buscaban liberar a secuestrados por las FARC. Desde allí se conspira para desestabilizar una América del Sur que se le escapa de las manos.
La reunión del Consejo de la OEA ha sido, para variar, vacilante. Pero Ecuador ha llevado la voz cantante. Uribe ha sido desenmascarado como agresor, mentiroso, y peón de un amo extranjero.
viernes, 14 de marzo de 2008
domingo, 2 de marzo de 2008
"Carta a Martin Rivas"
Revisando los diarios al día siguiente de la vergonzosa y no sorpresiva actuación del jefe y ejecutor directo de los crímenes cometidos en el régimen del japonés Fujimori, el asesino Santiago Martin Rivas, que negó la existencia de su grupúsculo llamado Colina, encontré la opinión autorizada de la mente más brillante de este país (desde mi punto de vista), César Hildebrandt en el diario La Primera, quien le dedicó una "carta" a esta "piltrafa de ectoplasma" como le dice en su columna. Como siempre preciso y directo, disfuté leyendo este espacio y aquí lo transcribo:
"Mi muy repulsivo señor:
Concentra usted todas las taras morales del Perú. Es usted una dosis homeopática de lo peor de este país. ¿O deberé decir que es usted un amasijo de yerros retorcidos?
No importa como lo nombre. Usted sabe qué linajes de rata lo componen y cuánto se parece usted - por espantoso - a las muertes que planeó y ejecutó.
Hasta ayer era usted un asesino por encargo, que no es poco. Ahora aspira a ser absuelto negándolo todo.
Lo que sucede es que de tanto negar se ha negado usted mismo y de tanto querer borrar huellas imborrables es usted ahora una sombra sin historia y una piltrafa de ectoplasma. Por eso he dudado en escribirle esta carta. Porque ahora no sé si es el asesino serial que en realidad es y será o si ha sido convertido en un libreto de Nakasaki, una ocurrencia idiota de Kenji o la viruta que deja la amnesia calculada de Fujimori, su maestro y guía.
Que usted quiera salvarse de la condena inexorable que le espera negando que existiera el grupo Colina - cuando hay veinte testimonios, un ascenso grupal, una felicitación presidencial, una denuncia documentada y primordial del general Robles, muertos y testigos, fosas comunes y deudos - resulta, en todo caso, explicable. Asesinos como usted suelen maridar el sadismo y la cobardía. Sadismo a la hora de matar a un niño de ocho años o a un periodista vendado en una playa y cobardía a la hora de afrontar su responsabilidad.
Usted, señor Martin Rivas, viene, aunque quizás no lo sepa, de una larga tradición. Esa tradición es la de la cobardía de fabricación nacional (también tenemos cobardías importadas: Fujimori es un ejemplo). En ese sentido es usted un hijo putativo de Mariano Ignacio Prado, el presidente que se fugó en plena guerra con Chile "a conseguir armas y buques en Europa" y que nunca volvió. Esa rata ancestral de la historia peruana es el tatarabuelo de Fujimori, su jefe y su premonición personal, señor Rivas.
Dice usted que lo que le confesó a Jara era un ensayo. Pero se ensaya para decir la verdad, para no perder el hilo del relato, para no dejarse intimidar a la hora de los loros. Así que ese ensayo general - sigo su lógica roedora - era para que usted adquiriera el temple suficiente a la hora que tuviese que dar su testimonio ante la autoridad.
Como será usted de asesino que hasta la putrefacta justicia militar de Fujimori, su jefe, lo condenó por los crímenes de Barrios Altos y La Cantuta (en ese entonces no se conocía todo su pasado). Y cómo será usted de cobarde que ahora dice que sólo hacía análisis de inteligencia, que estaba detrás de un escritorio haciendo tareas administrativas que no sabe precisar, que jamás le disparó a nadie. Poco faltó para que le dijeran "San Martincito", mayor.
Pero lo peor de usted es que pretende hablar en nombre del Ejército. Es cierto que el actual jefe del Ejército es un festivo subdotado mental, pero eso no lo autoriza, señor Rivas, para seguir ensuciando el uniforme de Bolognesi y Ugarte. Ni ocultándose detrás de mil uniformes - como ahora pretende - podrá usted impedir que veamos qué montículo de basura alberga usted en sus entrañas.
No manche a las Fuerzas Armadas hablando en su nombre. No hable usted de patria: la suya es el crimen y la miseria moral. No hable usted del Perú: el Perú que usted concibe es un escuadrón de la muerte haciendo de las suyas ante civiles indefensos.
Y no crea que la gente se ha tragado su teatro. Lo único que ha logrado usted es que el repudio hacia su conducta haya adquirido la muy extraña dimensión de la cuasi unanimidad. Porque ya sabíamos quién era. Pero ignorábamos qué nuevos aportes podía hacer usted a su prontuario de sangre y emboscadas.
Usted ha querido matar a sus difuntos. Con su fallida burla ha vuelto a disparar en la nuca a los que mató en Lima o en Chimbote. Y ha rociado de balas a sus familiares, que esperaban una señal de que usted seguía siendo humano. Sólo ha faltado su compinche "Kerosene" para que la jornada del repase pueda ser considerada completa.
Y no crea usted que Raffo es un buen consejero, Saravá un estratega y Nakasaki el Perry Mason de los Barracones. Mire nomás dónde está Fujimori.
Y tampoco crea que el diario La Razón lo salvará con su "peso mediático". Peso tenía cuando Faisal reinaba y Bressani repartía.
Por último, tengo que decirle que estoy entre quienes no se han sorprendido por su faena. Estaba casi seguro de que usted haría lo que hizo. Y no porque yo sea muy perspicaz sino porque tengo algunos estudios al respecto. Lo que quiero decirle es que, desde el 5 de abril de 1992, modestamente, me especialicé en estudiar a ratas como usted".
Con la debida distancia dictada por la sabiduría, se despide
César Hildebrandt
"Mi muy repulsivo señor:
Concentra usted todas las taras morales del Perú. Es usted una dosis homeopática de lo peor de este país. ¿O deberé decir que es usted un amasijo de yerros retorcidos?
No importa como lo nombre. Usted sabe qué linajes de rata lo componen y cuánto se parece usted - por espantoso - a las muertes que planeó y ejecutó.
Hasta ayer era usted un asesino por encargo, que no es poco. Ahora aspira a ser absuelto negándolo todo.
Lo que sucede es que de tanto negar se ha negado usted mismo y de tanto querer borrar huellas imborrables es usted ahora una sombra sin historia y una piltrafa de ectoplasma. Por eso he dudado en escribirle esta carta. Porque ahora no sé si es el asesino serial que en realidad es y será o si ha sido convertido en un libreto de Nakasaki, una ocurrencia idiota de Kenji o la viruta que deja la amnesia calculada de Fujimori, su maestro y guía.
Que usted quiera salvarse de la condena inexorable que le espera negando que existiera el grupo Colina - cuando hay veinte testimonios, un ascenso grupal, una felicitación presidencial, una denuncia documentada y primordial del general Robles, muertos y testigos, fosas comunes y deudos - resulta, en todo caso, explicable. Asesinos como usted suelen maridar el sadismo y la cobardía. Sadismo a la hora de matar a un niño de ocho años o a un periodista vendado en una playa y cobardía a la hora de afrontar su responsabilidad.
Usted, señor Martin Rivas, viene, aunque quizás no lo sepa, de una larga tradición. Esa tradición es la de la cobardía de fabricación nacional (también tenemos cobardías importadas: Fujimori es un ejemplo). En ese sentido es usted un hijo putativo de Mariano Ignacio Prado, el presidente que se fugó en plena guerra con Chile "a conseguir armas y buques en Europa" y que nunca volvió. Esa rata ancestral de la historia peruana es el tatarabuelo de Fujimori, su jefe y su premonición personal, señor Rivas.
Dice usted que lo que le confesó a Jara era un ensayo. Pero se ensaya para decir la verdad, para no perder el hilo del relato, para no dejarse intimidar a la hora de los loros. Así que ese ensayo general - sigo su lógica roedora - era para que usted adquiriera el temple suficiente a la hora que tuviese que dar su testimonio ante la autoridad.
Como será usted de asesino que hasta la putrefacta justicia militar de Fujimori, su jefe, lo condenó por los crímenes de Barrios Altos y La Cantuta (en ese entonces no se conocía todo su pasado). Y cómo será usted de cobarde que ahora dice que sólo hacía análisis de inteligencia, que estaba detrás de un escritorio haciendo tareas administrativas que no sabe precisar, que jamás le disparó a nadie. Poco faltó para que le dijeran "San Martincito", mayor.
Pero lo peor de usted es que pretende hablar en nombre del Ejército. Es cierto que el actual jefe del Ejército es un festivo subdotado mental, pero eso no lo autoriza, señor Rivas, para seguir ensuciando el uniforme de Bolognesi y Ugarte. Ni ocultándose detrás de mil uniformes - como ahora pretende - podrá usted impedir que veamos qué montículo de basura alberga usted en sus entrañas.
No manche a las Fuerzas Armadas hablando en su nombre. No hable usted de patria: la suya es el crimen y la miseria moral. No hable usted del Perú: el Perú que usted concibe es un escuadrón de la muerte haciendo de las suyas ante civiles indefensos.
Y no crea que la gente se ha tragado su teatro. Lo único que ha logrado usted es que el repudio hacia su conducta haya adquirido la muy extraña dimensión de la cuasi unanimidad. Porque ya sabíamos quién era. Pero ignorábamos qué nuevos aportes podía hacer usted a su prontuario de sangre y emboscadas.
Usted ha querido matar a sus difuntos. Con su fallida burla ha vuelto a disparar en la nuca a los que mató en Lima o en Chimbote. Y ha rociado de balas a sus familiares, que esperaban una señal de que usted seguía siendo humano. Sólo ha faltado su compinche "Kerosene" para que la jornada del repase pueda ser considerada completa.
Y no crea usted que Raffo es un buen consejero, Saravá un estratega y Nakasaki el Perry Mason de los Barracones. Mire nomás dónde está Fujimori.
Y tampoco crea que el diario La Razón lo salvará con su "peso mediático". Peso tenía cuando Faisal reinaba y Bressani repartía.
Por último, tengo que decirle que estoy entre quienes no se han sorprendido por su faena. Estaba casi seguro de que usted haría lo que hizo. Y no porque yo sea muy perspicaz sino porque tengo algunos estudios al respecto. Lo que quiero decirle es que, desde el 5 de abril de 1992, modestamente, me especialicé en estudiar a ratas como usted".
Con la debida distancia dictada por la sabiduría, se despide
César Hildebrandt
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